CRITICA DE "LA IRA DE DIOS": CRÍMENES BABÉLICOS.

 CRÍTICA DE “LA IRA DE DIOS”: en CRÍTICA EXPRESS


CRÍMENES BABÉLICOS.


Valoración: Regular.


Título original: La ira de Dios

Año: 2022

Duración: 98 min.

País: Argentina

Dirección: Sebastián Schindel

Guion: Sebastián Schindel, Pablo Del Teso. Novela: Guillermo Martínez

Música: Iván Wyszogrod

Fotografía: Fernando Lockett


SINOPSIS:

La trama sigue a Luciana (Macarena Achaga), una joven que se ve obligada a abandonar su trabajo como asistente del exitoso escritor de novelas Kloster (Diego Peretti), luego de que éste se sobrepasara con ella. Desde entonces, Luciana comienza a ir perdiendo a cada miembro de su familia en situaciones extrañas e inexplicables, lo cual la lleva a convencerse de que Kloster es el responsable, a pesar de no tener ninguna prueba fehaciente contra él. A partir de esto, Luciana busca al ex-escritor y ahora periodista Esteban Rey (Juan Minujín) para que la ayude a demostrar que su teoría sobre Kloster es verdadera.



LOS PRIMEROS MINUTOS…


El director de la cinta, Sebastían Schindel, había demostrado una gran calidad narrativa para el género de suspenso en sus otros filmes como: “El Patrón, radiografía de un crimen” y en “El hijo”, aunque quizás no tanto en “Crímenes de familia” su anterior trabajo, pero aun así, era interesante ver sobre la nueva propuesta que nos traía. 


El comienzo es realmente sugestivo, con el recurso de in extremis o ‘en el último momento’, y dejando claro y bien marcado las pautas del género y el ritmo del filme que veremos más adelante. Esto lo sabemos gracias a: una iluminación fría, personajes que se van a enfrentar, escuchamos gritos y desesperación.

Llama la atención el inicio de los créditos, al mejor modo televisivo-serie. Que pensándolo de esa forma, hubiese sido más acertado un formato serie que una película. Ya veremos por que. 

Algo que se mantiene durante toda la película es la excelente fotografía, manejo de cámara, encuadre  e iluminación.  


TODO LO QUE SUBE TIENE QUE BAJAR.


Sin embargo, si bien los primeros minutos son bastante convincentes, a lo largo del metraje, el guion se encargará de que nos genere tantas preguntas que, luego, no llegan a ser contestadas del todo. O al menos de manera convincente. Quizás una búsqueda del director para que el espectador sea quien genere su propia conclusión o, tan solo, fallos desde el inicio de la escritura. ¿Será Kloster de verdad un asesino vengativo o las muertes serán simplemente producto del azar y de la obsesión de Luciana con su pasado? ¿Luciana sentía culpa por la muerte de Mercedes y Pauli? ¿La única forma de «terminar con su pesadilla» era suicidarse? Es evidente que se trata de un hombre manipulador, que no iba a dejar en paz a Luciana. Creo que falto un poco más de claridad en ciertos aspectos. Porque tal como termina, pareciera que Kloster es el dueño de la verdad y no hay nadie que pueda confrontar su postura, como si él se sintiera que está impartiendo la justicia divina o al menos siendo un intermediario de Dios en la tierra. Pero: ¿La culpa es de Dios o de las constantes decisiones y acciones erróneas de la conducta humana? O ¿es tan solo un hombre que descarga su ira y desgracias en los demás? Faltó esa claridad. 



De todas maneras, tiene puntos fuertes en el guion. El tipo de estructura cortada, que no estamos tan acostumbrados de ver en el cine argentino, en donde el tiempo va cambiando, yendo de flashbacks al presente pero sin decirlo explícitamente (solo una vez para marcarnos un lapso), sino que se dan a entender, mediante los diálogos que mantienen, los personajes, el tipo de iluminación (fría cuando empiezan a suceder los hechos y cálida antes de los mismos). Y el ritmo va a su tiempo correcto, no llega a aburrirte nunca, por el contrario, te entretiene, te mantiene prestando atención todo el tiempo.


Las grandes fallas que tiene la película son el desperdicio de grandes actores y actrices.El personaje femenino principal, Luciana, interpretada por Macarena Achaga, hace una actuación muy acartonada, no cuenta nada, inexpresiva. Sus líneas las decía como si hubiesen tenido que grabar los diálogos después de haber filmado la película, no se sentían allí. Y encima, sonaban poco creíbles, duros y pocos orgánicos. Cuando se enteraba de casos trágicos no llegaba a comunicar sus emociones, y se sentía como que las acciones que sucedían no eran tan graves. En la escena del incendio, que es muy fuerte a nivel narrativo, aparece Luciana para soltar sus líneas apresuradamente e irse rápido de la escena, perdiendo toda emocionalidad que de por sí tenía la escena y que uno esperaba ver y sentir. 

Y no solo con ella, sino también, con Juan Minujín, que hace de un periodista llamado Esteban Rey, que va a ayudar a Luciana a contar su caso en el diario en el que trabaja y que tuvo cierta rispidez con Kloster, pero…no pasa nada al final, incluso tiene una entrevista con el mismísimo Kloster, pero solo sirve como pase de información para el espectador y enterarnos de algunas cuestiones importante de la historia, sobre la muerte de su esposa e hija y que en las muertes pudo haber tanto azar o justicia divina como un plan macabro. Juan Minujin encarna un personaje que podría no estar y el relato funciona casi igual. 

La actuación de Diego Peretti, como Kloster, una sensación que divaga entre “El reino” y “Ecos de un crimen”, te deja con ganas de más. Hubiese sido interesante ver un incremento en el desarrollo de su personalidad y de su forma de transmitir. Hablaba como si estuviera recitando una línea de una obra de teatro.Y todo esto sucede con la mayoría de los actores, y eso provoca que perdamos conexión real con la historia y con la película. Se agradece el buen ritmo del montaje y de la fotografía para que no nos perdamos del todo. 


Por último, sobre los personajes, lo malo es que apenas notamos una evolución en los mismos a lo largo de la película, son bastante planos, siempre aparecen retratados con una misma actitud y por ello cuesta simpatizar con cualquiera de los tres y también entrar dentro del engaño. 


Es por eso, que si hubieran elegido otro tipo de formato para contar la historia, como una miniserie de ocho capítulos, podría funcionar mejor. Ya que necesitábamos más desarrollo de los personajes, mayor tridimensionalidad, estar más tiempo con ellos y desarrollar más el conflicto principal. 


La pérdida de identidad del cine argentino se siente. 

Los escenarios de esa casa gigante, prácticamente mansión, escritor que tiene a su empleada escribiendo, siempre tomando whiskey y nunca realizando una actividad o tomando algo característico del país. Si Andy Muschietti le hizo tomar de un mate de Independiente a Sthepen King en la película “It”, por qué no, en realizaciones fílmicas argentinas, mostrar cuestiones propias y que sean más parte de nuestro día a día.


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